El pan nuestro de cada día

Por en mayo 30, 2017

Por Gloria Cepeda Vargas

Ahí caben desde las distinciones otorgadas a Maluma y a Alejandro Ordóñez hasta los feminicidios, los robos al erario público, los falsos positivos y sobre todo, la cara dura de una sociedad que en el norte peca y en el sur empata.

En el 2015, Álvaro Uribe, entonces Presidente de la República, refiriéndose a los falsos positivos, uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia reciente, calificó a los muchachos asesinados por el ejército como “delincuentes”. Ahora pide perdón a las madres de Soacha en un trino destemplado, como si lo planeado por él, fuera solo un empujón involuntario. Como si un acontecimiento que trasciende los límites del horror, pudiera borrarse de un codazo. En cuanto a las preseas impuestas al ilustre Maluma y al no menos emérito Alejandro Ordóñez por sendos representantes de la moral y las buenas costumbres, no tienen presentación como no lo tienen el asalto al erario público perpetrado por caballeros de pumpá y corbatín o los asesinatos de mujeres, tan numerosos, que la jerga colombiana se vio forzada a darles identidad con el nombre de feminicidios.

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Esto a grandes rasgos. La mala semilla es tan fértil, que se reproduce en cientos de esas avivatadas y zancadillas en las que el homo sápiens es insustituible. Mientras en Moscú el inefable Putin hace honor a su ancestro estepario, los infantes sirios pasan por la infancia como si atravesaran desnudos el Sahara. La elección de Donald Trump es un parte de tranquilidad para los esquizofrénicos y los bipolares; la moral, la ética, la urbanidad, el heroísmo y demás vallas levantadas por este simio pensante, son apenas producto del momento. Por lo tanto, o nos hacemos los locos o terminamos en el manicomio.

¿Cuál será el epicentro de asunto tan espinoso? me pregunto. ¿Por qué nosotros, “animales racionales”, último eslabón de la cadena, decantado producto de la evolución, asoleadas y expulgadas cobijas, nos empeñamos en desmentir tan honrosos epítetos?

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Tratando de hurgar en lo subliminal de la cuestión, creo que el disparate en que nos convertimos, se debe a un cambio de domicilio. “En un principio era el verbo…”, dice el Evangelio. Pienso entonces que en un principio el aire, la luz, el agua, el rinoceronte, el murciélago, la lombriz solitaria y hasta la ensotanada cucaracha, eran con nosotros una sola familia con su correspondiente descendencia. Por consiguiente, el hombre y la mujer actuales, tan desodorizados, leídos y escribidos, somos piezas insustituibles en el ajedrez de la naturaleza. Corrientes que buscan, como el Amazonas, el descanso del mar, primos hermanos del cedro y del bambú, nietos del sol y sobrinos de las tufaradas oceánicas. La ameba, el metal, el cemento, los nervios atmosféricos o las rocas estelares, son nuestros parientes cercanos. Con ellos giramos puros y milimétricos durante milenios de equilibrio hasta que un día decidimos largarnos, y sin decir adiós, saltamos al vacío.

De esa manera renunciamos al paraíso y entramos en la noche. La orfandad cósmica desencadenó las angustias existenciales y las nostalgias sin objetivo que nos atormentan. El desgarramiento fue total y la desorientación diurna y nocturna, se encargó de recordarnos lo duro del exilio.

No solo nosotros perdimos. El planeta se fracturó. Graves alteraciones climáticas e inesperadas transformaciones fisonómicas, aparecieron como emisarios del Apocalipsis. De la expulsión o huida del edén que nos hacía fuertes, surgieron estas criaturas solitarias, desamparadas y llenas de dobleces que somos los humanos. Del alejamiento de la energía tutelar, nuestra cojera de alma y cuerpo y la necesidad de asepsia solo de laboratorio en que nos consumimos inútilmente.

Por eso leyes, seminarios, relaciones diplomáticas, o simple respeto por el pensamiento ajeno, revientan como pompas de jabón en tribunas y tribunales. La cuestión no es jurídica, honorables togados, se trata de una sencilla pero efectiva recapitulación y de la voluntad de realizarla. Mientras este trozo de materia siga siendo “una brizna de paja en el viento” o un hijo pródigo, no llegaremos a ninguna parte.

Y me dirán ¿qué tienen que ver con esto las metidas de pata del honorable senador Álvaro Uribe, las condecoraciones dadas al talento musical de Maluma y a la doble moral de Alejandro Ordóñez, la cotidiana eliminación de las mujeres o el raponazo inferido al patrimonio nacional por los angelitos de cuello blanco?

Recordemos que toda pieza suelta se inutiliza, adultera o desaparece y que una sola golondrina no hace verano. Además, ni son todos los que están ni están todos los que son. Las leyes son producto humano, la perdurabilidad en el tiempo como partícula digna de reproducirse, obra de la naturaleza. He ahí la diferencia que marca límite entre lo racional y lo instintivo.

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