Tiempo de mar

Por en marzo 21, 2017
Gloria Cepeda Vargas (2)

Por Gloria Cepeda Vargas

El tiempo se estira y se encoge, se revela y recata. Puede ser un campo cercado o un cielo que se aleja dando tumbos sin desaparecer. Ni todos los Einsteins o Pitágoras que en el mundo han sido, podrían tomarlo entre las manos y mucho menos conocer su genealogía, saborear el sustrato que lo hace germinante, próvido, satánico, angelical. Sus labores se limitan a confinar lo perceptible en esos cubículos cifrados donde equis y paréntesis dan fe de sus desvelos. Tiempo es abstracción, no decantación. En su cráter prometeico -para calificarlo de alguna manera- ruge el misterio sin atenuantes.

Afortunadamente para nosotros, los cuadriculados, tiempo es también sinónimo de gracia. “El tiempo es oro”, afirmamos, “el tiempo es sabio”, y en el intento de capear nuestras propias insubordinaciones, terminamos diciendo: “El tiempo perdido los santos lo lloran”.

Mi más reciente hallazgo, ocurrió ayer. Buceando en las entrañas de un baúl que debe ser contemporáneo de los petroglifos, encontré una concha de piangua. La piangua es un molusco bivalvo originario del Pacífico colombiano. El color terroso de la concha, le permite pasar desapercibida en el sube y baja de los manglares cenicientos. No posee el tornasol de la almeja ni la circunspección de la ostra. Insignificante, parece una cocinerita de los fogones submarinos. Quizá esta anodina criatura, duerme desde hace muchos años en el fondo de ese baúl que con fidelidad perruna, forma parte de nuestra trashumante historia familiar.

Como una abuela desconocida o una de las mujeres negras que habitan para siempre los patios y corredores de mi infancia, la concha de piangua me sonreía. En su boca circular, la suavidad del paladar de loza contrastaba con la rugosidad del exterior lleno de surcos pedregosos. Fuerte, con el brío que infunden oleajes y vientos sin cuartel, me miraba… me recorría de pies a cabeza… me empujaba hacia atrás como en una resaca poderosa.

Casi inconscientemente, la levanté y me la puse cerca de la oreja. Entonces, como un rumor oceánico venido del abismo, me sumergí en un viento memorioso, volvieron mis siete años a columpiarse sobre el planchón ferrado del muelle y a trepar a la luna el escándalo de los sapos cuando la noche del Pacífico llueve hacia adelante y hacia atrás.

La clave del entendimiento no está solo en los libros. Nace de las pequeñas cosas que miramos pasar indiferentes porque como el agua, el aire y la luz, están siempre a la vuelta de la esquina. Lo sucedido en el espacio rectangular de un baúl semi abandonado en uno de los rincones de la casa, me persigue. Es la memoria cósmica retenida en el pequeño vientre de una concha marina. El prodigio del tiempo lleno de tentáculos y pasadizos, la lección de humildad y sabiduría que tanto necesitamos.

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