La quiebra de las universidades estatales colombianas

Por en mayo 11, 2017
Edgar Velásquez (2)

Por Edgar Velásquez Rivera (*)

Las universidades estatales colombianas atraviesan, unas más que otras, por complejas situaciones financieras. Cada una a su manera trata de sortear la asfixia presupuestal.

Generalmente sus presupuestos son deficitarios o tienen un muy sensible equilibrio. Una enmarañada matriz ha generado el difícil cuadro expuesto. Aludo aquí a dos aspectos puntuales: en primer lugar, las políticas neoliberales adoptadas por parte de élites carentes de un proyecto de país y de nación anclado en valores humanísticos y que han convertido al Estado en la caja menor de mafias que mutan y se intercambian.

Parte de las consecuencias (sin ser las únicas) de las aludidas políticas está la degradación social, la ruina económica, la banalización de la cultura y, todo ello, agravado por la rampante corrupción y las violencias en sus múltiples expresiones. En este escenario, mientras crece la población con expectativas de formación universitaria, Colombia construye cárceles de máxima seguridad con pingües presupuestos, pero no crea nuevas universidades estatales ni mejora las condiciones económicas de las ya existentes.

La educación estatal (en ninguno de sus niveles) es prioridad para los gobiernos neoliberales. En Colombia no hay una política de Estado a favor de las universidades estatales, cada gobierno se limita a cumplir, de manera inercial, lo establecido en la Ley 30 de 1992 y, de manera paralela le exige a las universidades mayor cobertura, compromisos con las políticas nacionales, calidad, investigación e interacción social lo cual es un evidente contrasentido y una clara presión para que cada universidad “imagine” sus propias formas de sobrevivencia.

En este contexto, la quiebra de las universidades estatales colombianas por parte de los gobiernos nacionales es una constante amenaza. Algunas instituciones, en el atafago de resolver sus domésticas cotidianidades, han perdido el horizonte de lo que significa ser universidad y del objeto con que fueron creadas. Se precisa de un movimiento social, político y cultural de alcance nacional que obligue a los gobiernos nacionales a configurar una política de Estado a favor de las universidades estatales de tal modo que la desfinanciación de las mismas pase a ser un ingrato recuerdo del pasado.

Pero ese movimiento social, político y cultural de alcance nacional no podría ser liderado por las existentes organizaciones sindicales de camándula caracterizadas por permanecer de espaldas a los principales fenómenos geopolíticos de la ciencia, la cultura, la política y la economía de Colombia y del mundo y obcecadas en la defensa de sus particulares y mezquinos intereses. Se requiere configurar un nuevo espectro político y sindical creíble, responsable y serio que convoque no solo a los estamentos universitarios sino a distintos actores del panorama de la nación. El contexto no podría ser más propicio.

En este orden de ideas y concordante con lo expuesto en el primer párrafo de este artículo, conviene preguntar: ¿Cuál es la cuota de responsabilidad de las mismas universidades estatales en sus situaciones financieras? Sin ser determinantes en los montos de los déficits, creemos que si tienen parte de la responsabilidad en los mismos, de manera específica desde la asignación de la labor académica a sus docentes. Este es un tema (la labor académica de los docentes) ciertamente sensible pero es necesario exponerlo dado que, de casos aislados, pasó a ser generalizado.

Se trata de otra amenaza de quiebra de las universidades estatales colombianas que proviene del interior de las mismas instituciones por la vía de la labor académica asignada a los docentes. Se requieren en cada universidad estatal claros instrumentos que contengan políticas, criterios y mecanismos que frenen (en algunos casos) los probables ímpetus predatorios hacia lo público de algunos docentes que luchan por hacer lo menos y liberar tiempo para dedicarse a otras actividades, especialmente en el sector privado y no siempre en asuntos universitarios.

Es un imperativo actuar con responsabilidad para no poner a las instituciones en la autopista de la quiebra, a la cual se puede llegar de manera rápida a través de una asignación de la labor académica basada en clientelas y lealtades. La demagogia y el populismo embriagan, tienen sus costos y su respectiva resaca. Los presupuestos de las universidades estatales no son elásticos, corresponde a las direcciones universitarias colombianas tener en cuenta el realismo económico del país y de las universidades y no permanecer absortos ante la vocinglería astuta de algunos docentes que, al parecer, solo buscan acomodarse y pelechar a la sombra de lo público.

(*) Profesor
Universidad del Cauca

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