Vuelve y juega: entre el darwinismo electoral y el racionalismo autocrítico

Por en mayo 5, 2015

Por Mariana Arteaga Mejía

La historia de la humanidad ha estado signada por la razón y el cambio. La razón es el centro de impulsión de todas las construcciones materiales o intangibles que son producto de la actividad humana, y a su vez, ésta da lugar a transformaciones que han dado paso a la creación de herramientas que, idealmente, ayudarían a solventar las demandas que en el seno de las sociedades se den en determinados momentos o circunstancias. Tanto el Estado de Derecho como la democracia en sus diferentes expresiones, son instrumentos que con la transversalidad de otras variables (como el ordenamiento jurídico, la administración pública, sistema electoral) se han pensado, a pesar de los innumerables cuestionamientos, para que faciliten la convivencia y las relaciones de los seres humanos dentro de sus sociedades.

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En Colombia desde 1991 se sentaron las bases para “una República democrática y participativa”, que figuró un reto más allá de proveer las garantías necesarias para incentivar los principios planteados en la Carta Constitucional, implica a su vez, una ciudadanía activa que esté en relación directa con las autoridades públicas, que aporte, presione, exija, vigile, tome decisiones de forma consciente y comprometida con el bienestar común de todas las generaciones. Este nuevo diseño institucional amplió y diversificó el orden social a cualquier costa, no percibió que los fines últimos, como la pluralidad o la democracia mismas no son más importantes que los procesos que se circunscriben para conseguirlos. Pero si bien hay fallas en el sistema, la sociedad también es responsable de sus decisiones.

Y es que difícilmente las sociedades están satisfechas con la democracia y con sus gobernantes. Valdría la pena preguntarnos no solo por las calidades de quienes en el ejercicio del poder político toman decisiones que a todos nos afectan, sino también por la calidad de ciudadanía que ejercemos y vivimos. Esta reflexión a propósito de las elecciones que se avecinan y que configurarán los mapas políticos locales y regionales que gobernarán en el siguiente cuatrienio, también serán decisivos para la elección presidencial del 2018.

La lógica darwinista no puede ser parte del ejercicio electoral, no se trata de que las grandes organizaciones operen como los peces gordos del estanque, ni tampoco de elegir a aquellos que ven en la actividad política una forma de enriquecimiento lícito y fácil. Se trata de tener criterio para decidir, por parte de quienes eligen como por quienes se postulan para ser electos. Los espacios políticos deben responder no solo a la discusión de los fines de ciudad o departamento, sino a la buena adaptación de los medios que se van a emplear para llegar a los objetivos que no son determinados ni discutidos, deben responder a acuerdos que no intenten privatizar las conciencias o comprometer el desarrollo de las regiones por el beneficio de una selecta minoría que sufre de alzheimer gubernamental. ¿Seremos capaces de asumir el reto de enderezar el camino de nuestra democracia? Es mejor intentarlo, que enajenarnos de nuestra decisión.

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