Un cuadro digno de visita

Por en abril 8, 2018

No me canso de sentarme en el Paraninfo Francisco José de Caldas de la Universidad del Cauca, a contemplar la obra máxima de Efraím Martínez, La Apoteosis de Popayán.

Columna de opinión por: Juan Carlos López Castrillón

En esos 54 metros cuadrados de pintura al óleo – que hasta hace tres décadas lo hacían el cuadro más grande del mundo – se encuentran 59 figuras humanas inmersas y mirando como si estuvieran en el entorno de un teatro, donde se representan a los aborígenes, los conquistadores, los prelados, la primavera, los presidentes, las iglesias, la lira, la musa, el misionero, el pintor, el rayo, los mártires, los poetas, los esclavos, las viudas, el libertario gorro frigio y un par de enormes robles que delimitan la obra.

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La Apoteosis de Popayán fue encomendada a Martínez por el gobernador de 1935 para conmemorar los 400 años de fundación  de Popayán (que se cumplían dos años después), buscando con ello la ejecución de un gran cuadro que perpetuara en lienzo los versos del poema Canto a Popayán, de Guillermo Valencia, los mismos que están grabados en mármol en las paredes laterales de ese paraninfo; logrando con todo ello construir un espacio físico privilegiado, donde se funden en comunión los trazos de Martínez y la romántica pluma parnasiana del poeta.

No quiero entrar ahora a comentar sobre los interesantes y polémicos análisis que en relación con esta magnífica obra se han realizado por distintos expertos, solo pretendo detenerme unos minutos para señalar el inmenso valor pictórico, histórico y hasta sociológico  que tiene este cuadro, sobre el cual pasa lo mismo que con la belleza, que de tanto verla se vuelve parte del paisaje, cosa que ocurre mucho con esta ciudad procera; mucha gente no tiene idea o se olvida de por dónde camina, realidad de la cual todos somos responsables.

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Volviendo al mármol del paraninfo, Valencia le dice a Popayán: «vives de imposibles» y ahí cada quien puede darse el lujo de entenderlo en la forma que quiera, bien sea para creer que efectivamente el Quijote de la Mancha está enterrado bajo el roble del costado izquierdo de la pintura en mención (aunque otros sostienen que el castellano está sepultado es en la araucaria mayor del parque de Caldas); o para creer – también – que vendrán tiempos mejores que compensarán los días duros que estoicamente esta comarca ha vivido y que ha forjado ese carácter adusto de los payaneses.

La Apoteosis es un cuadro que nos lleva al pasado, pero también logra traer este al presente, ese es su profundo valor histórico, consigue el cometido que administrativamente le encomendaron de transformar las palabras del bardo de Paletará en historia, logra darle vida a unos personajes que reposan en los anaqueles o en los museos y que en virtud al pincel del artista logran más vigencia y trascender para siempre.

Pero a la par, en esos mármoles, Valencia también le escribió a su ciudad: «Vives del orgullo…Vives del silencio…Vives del pasado…Vives del futuro» y repito, todo eso se traduce y se plasma en el lienzo, por eso hay que sentarse, verlo, intuirlo e interpretarlo.

En resumen, esta es una pintura digna de visitarse una y mil veces, obligada para los visitantes, ojalá acompañados de un buen texto explicativo de la misma, con lo cual puede ser más fácil que comprendan esa «timidez despectiva» que afirmaba Alberto Lleras tenía posesos a los habitantes del Valle de Pubenza.

Post Data: todo lo anterior es digno de discusión, pero con una taza de buen café orgánico en cualquier sitio cercano a la tumba del caballero de la triste figura.

 

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