Roldanillo

Por en agosto 31, 2015

Por Gloria Cepeda Vargas

 Acabo de regresar del encuentro anual de Mujeres Poetas Colombianas, sito en Roldanillo, Valle del Cauca. Del 15 al 20 de julio, las mujeres nos reunimos para dar rienda suelta a la marea creativa que nos golpea desde que el mundo es mundo.  Poesía nueva, desnuda, universal; obras de teatro, conferencias, exposiciones plásticas de cobertura internacional, talleres literarios, concursos poéticos con premiación que recayó este año en la poeta ibaguereñas Myriam Alicia Sendoya por su libro “Muro de sombras y de pájaros”. Homenaje a ilustres mujeres desaparecidas, voces como las de Alba Lucía Ángel, Florence Thomas, Ana Mercedes Vivas, Victoria Góngora, Martha Elena Hoyos, Carmiña Navia. Las cantadoras del Patía, las poetas indígenas, las Almas Negras donde truena el Pacífico, tamboras, cununos, currulaos. Escritura de limpio linaje en el ensayo de María Cristina Valke acerca de la obra literaria de Agripina Montes del Valle, destacada escritora nacida en Salamina, quien rompió el sopor del siglo XIX en Colombia con su narrativa y obra periodística, hoy de la mano de su coterránea la gran poeta Martha Patricia Meza. Exitosos experimentos como el Carnavalengua de Andrea Juliana Correa. Marga López, única, exploradora de territorios apenas intuidos. Nora Puccini de Rosado, nueva Almadre del evento, palabra mayor de la poesía y Margarita Galindo, barranquillera universal. Las antiguas culturas casi sacramentales, rompen la majestad silenciosa del Tihuantinsuyo con el bisturí dialectal de la poeta médica boliviana María Rina Tapia. La reconocida poeta Guiomar Cuesta, divulgadora de las bondades del evento, presente en un hermoso recital  y en una conferencia de excelente factura. Y Gloria María Bustamante, la contestataria iluminada, Luisa Aguilar, de sólidas palabras, María Teresa Sanders, galardonada y fina. Y el caudal de mujeres, algunas en las fronteras de la adolescencia, venidas del desierto, la montaña, la llanura y el mar, con su renovadora palabra en bandolera.

En este renacer tumultuoso de la mujer y el arte colombianos, muchas se me quedan por ahí. Mi corazón y mi respeto las nombran sin nombrarlas. En todas encontré la respuesta necesaria. Bogotá, los llanos, el Caribe, el Pacífico, el Eje Cafetero; occidente, norte, sur y oriente nuestros. Guerra nuestra, pan, humor, amor, innovación y esperanza nuestros; música, poesía, plástica, teatro, política, amistad, calor del entendimiento, mujer nueva y antigua que a la sombra clarividente de Omar Rayo y Águeda Pizarro, se sembró y  fructifica.

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Éste es el resultado de la labor de dos subversivas y selectas  piezas del acertijo universal: Omar Rayo y Águeda Pizarro. A ellos y a su empeño visionario debemos las mujeres colombianas el surgimiento y la salud de esta otra parte, de esta otra emoción, de esta otra luz.

En consecuencia, me pregunto: ¿Hasta cuándo la evaluación literaria del país vestirá atuendo masculino? Esta visión unilateral o enfoque tuerto, descalifica los resultados de la crítica literaria en Colombia. Este despropósito deforma algo tan vital para la filiación nacional como es la evaluación de la faena literaria. Al amputarla, la privan de su complemento. Cae entonces en un clima deletéreo y  monótono. La poesía no escapa a los zarpazos de la historia. Hay poetas-poetas y hay versificadores de estación, sin importar el pasaporte sexual que los identifique. Quizá  solo Meira Delmar, la voz más depurada de la lírica colombiana y tres o cuatro especímenes más, hallen abiertas las puertas de este sancto sanctórum donde los nombres de Emilia Ayarza, constructora de un tiempo delirante o de Silvia Lorenzo, maestra del color y el sabor semánticos del idioma que hablamos, son casi desconocidos. Calificaciones como: falta de rigor, sensiblería o cursilería torrencial, aplicados a la poesía escrita por mujeres, menudean de manera patética denunciando el temor masculino a ese   sexo llamado débil por conveniencia y fuerte por antonomasia. Pocos son los caballeros con brújula y lamentable que a  hombres primaverales se les mustie el follaje. Hagamos entonces un esfuercito para entender que la riqueza cultural de un país corre en las dos orillas. Solo así los gurúes que dirimen el reconocimiento literario en Colombia, contribuirán a su crecimiento y  credibilidad más allá de sus fronteras.

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