¿Por qué nos asombramos?

Por en abril 14, 2014

Por Gloria Cepeda Vargas

La destrucción del rostro y parte del cuerpo de Natalia Ponce de León, el pasado viernes 28 de marzo en Bogotá, mediante una diabólica mezcla de ácido y pegante que le fue atornillada por la insania de uno de los tantos criminales que deambulan a sus anchas por calles y plazas del mundo, ha despertado momentáneamente la indignación nacional. Un coro tardío de promesas y estupor aúlla en los medios de comunicación ante la tragedia de la víctima número 927 de esta demostración de salvajismo acaecida a lo largo de los últimos diez años colombianos.
No entiendo por qué deberíamos asombrarnos. Las mujeres, señores y señoras, fuimos vejadas hasta el esqueleto desde los primeros balbuceos de la humanidad. Su tragedia, originada en una historia leída con ojos fundamentalistas y mentalidad misógina, arranca en las venerables canteras de esas mitologías que con el nombre de doctrinas religiosas, la condenaron al silencio, la servidumbre y el olvido. Esta saga infamante quedó grabada en documentos que van desde las antiguas escrituras hasta las tablas estadísticas actuales.

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publicada en la edición impresa del 11 de abril de 2014

Ni siquiera nacimos del cerebro masculino. Surgimos de algo tan prosaico como su costillar convertidas en apéndice cultural o abrevadero de ocasión. Comodín o mar donde desagua toda la deformación sexual de la especie, lucen como demostración de fariseísmo elevado a la enésima potencia estos golpes de pecho que durarán lo que un merengue en la puerta de una escuela.
Lo que sucede es que el rostro constituye la fachada, el pasaporte, la cédula de identidad y por eso hace más ruido que la infinita legión de mujeres (incluidas bebés, adolescentes y débiles mentales) violadas, asesinadas, golpeadas, destruidas puertas adentro en ese aquelarre enmascarado que se denomina violencia intrafamiliar. ¿Y las cancioncitas donde el macho le pone letra y música a todas sus torceduras mentales? ¿Y los chascarrillos “de salón” donde el animal que ruge piel adentro da rienda suelta a su cobardía e ineptitud deformando morbosamente genitalidad y decoro femeninos? ¿Y la promiscuidad masculina aceptada y hasta celebrada? ¿Y las burkas sudorosas que a duras penas respiran? ¿Y los clítoris infantiles bárbaramente amputados en pleno siglo cibernético e inter espacial?
La proliferación de ataques con ácido no es más que el resultado de torpezas implantadas como patrones culturales o lo que es peor: como sinónimo de hombría o feminidad en una sociedad de machos en celo y mujeres sin autoestima. Todo se le permitió al hombre, hasta el título de propiedad ejercido en otro ser humano. ¿Por qué nos desconciertan entonces sus alardes forajidos defendiendo lo que en nombre de una doble moral, le adjudicamos desde tiempos sin memoria, como si fuera serrallo, feudo o rebaño de su propiedad?

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