Lo público y lo privado

Por en agosto 29, 2017
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Por Juan Francisco Muñoz Olano

Una vida personal se complace con más frecuencia a sí misma, que lo que se cuestiona. Lo común siempre es aspirar a ser los más justos, nobles e inteligentes en nuestros actos futuros. Así, el mundo privado es aquel que se entretiene en el placer de hacer las paces consigo mismo. En el laberinto interno de los reproches, los recuerdos y los sentimientos más personales, solo hay un causante de todo, y ese es yo.

Como complemento inevitable a ese mundo privado, está el mundo público; ser escuchado, tanto como ser recordado. El mundo público promete diluir las angustias más privadas, al encontrar un reflejo de sí mismo en los demás. Y es que el sí mismo se diluye con facilidad por fuera del torrente que es cada consciencia, cada sensación. Saber entonces reconocer en otros los anhelos más personales resulta el más valioso de todos los motivos humanos. Sin embargo, el mundo público no es un mundo más claro y más objetivo que el cambiante y enrevesado mundo privado e interno.

Gobernarse a sí mismo podría ser tan utópico y requerir de tan alta filosofía, como gobernar a una sociedad. Conocer los deseos de cada persona podría resultar tan enigmático, como conocer los propios. No parece entonces casual, que las ideologías políticas y sociales parezcan tan confundidas sobre qué son lo público y lo privado, como confundido está cada individuo sobre la validez de sus recuerdos y lo propio de su identidad; cada persona lucha por saber si una idea es suya, o si no resulta en uno más de esos sofisticados robos humanos dados siempre que hacemos una propiedad de aquello que a hurtadillas escuchamos de otros.

El orgullo, vaya sentimiento humano; el placer por hacer de uno aquello que sentimos podría ser de otros, siempre que demuestren mayores cualidades y mayores fortunas. Y es que todo individuo parece luchar contra la posibilidad de perder el mérito que cuidadosamente se da a sí mismo, cuando se convence de sus virtudes y merecimientos. También, cada individuo exige un mundo público acorde a estos requerimientos más personales.

Así, los campeones de la meritocracia y la igualdad, defienden lo público, por considerarlo el escenario de prueba de sus valías más privadas y personales. Y es así como el engaño colectivo sobre los merecimientos de unos sobre otros se perpetúa. La idea confusa e ingenua, de que el sistema económico debe funcionar diferente, si aplica en instituciones públicas o privadas, no parece tan diferente a la eterna confusión de la identidad personal; acaso, esta persona que veo en el espejo, que merece mi propia autoestima, seré yo, o lo que creo los demás ven y piensan de mí.

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