Las trampas del ridículo

Por en abril 24, 2017

Por Gloria Cepeda Vargas

¿Los colombianos no vamos a aprender nunca? ¿Cuántas dosis de irrisión o de patetismo tendremos que ingerir para llegar a ser medianamente respetables?

La entrevista supuestamente acaecida entre los tercer mundistas Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y el toro que más muge: Donald Trump, da vergüenza. No hay derecho a que dos individuos ungidos alguna vez con la más alta responsabilidad nacional, pelen el cobre de esta manera.

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La entrevista de marras, calificada por CNN en Español como “un encuentro casual, muy breve, apenas un saludo en el pasillo”, tambalea como las fábulas, aunque Pastran se obstine en trinar de esta manera: “Gracias a Donald Trump por la cordial y muy franca conversación sobre problemas y perspectivas de Colombia en la región”. Quizá previendo el filo que caricaturistas y demás yerbas sacarían a ese lápiz, Uribe se limitó a decir: “Ése fue un encuentro social promovido por terceros”.

¿Por ventura, sería el topetazo Trump-Uribe-Pastrana –el orden de los factores no altera el producto- algo como un “Encuentro cercano del tercer tipo”, una segunda llegada del hombre a la luna o un “Péndulo de Foucault” con todo y sus 67 metros de angustia existencial?

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Más allá del cosquilleo que entre nosotros suscita tan honroso episodio, el embozalamiento de Uribe y el provincianismo de Pastrana deberían preocuparnos tanto como el despilfarro de tiempo en las páginas sociales. ¿En qué línea del abecedario nos quedamos estancados para que dos figuras como éstas, forradas en politiquería y clientelismo “orgullosamente colombianos”, consideren que entrevistarse con Trump es motivo de orgullo? ¿Con qué objeto han respirado durante más de medio siglo si ni siquiera lograron oxigenar sus hemisferios cerebrales?

Además, es ingenuo imaginar que el presidente norteamericano levante una sola de sus pestañas para preguntar en qué recoveco del planeta se prepara a engullirse a la suegra un miembro de esa tribu caníbal que se llama Colombia. En este momento está más entretenido en probar fortuna lanzando no precisamente pompas de jabón contra el Estado Islámico en Siria, o intentando inmovilizar con ataduras de esparadrapo a la estatua de la libertad.

Merecemos nuestra suerte. Un pueblo que se deja ensillar por estos desatinados, cosecha lo que siembra. Ni siquiera Colombia al rojo vivo nos alerta. Solo el servilismo que nos corroe como a ropa vieja, esa tendencia patológica a doblar las rodillas ante cualquier monigote que le dé cuerda a lo más subdesarrollado de nuestras miserias.

Como aditamento, Uribe envió una carta al congreso norteamericano reiterando sus críticas al gobierno de Santos y de manera especial al proceso de paz con las FARC. “Cosas verédes, Sancho”, dijo el Quijote. Cosas habéis visto y lamentablemente verédes, pobre Colombia. Es lastimoso que un hombre como Uribe, cuyo talante lluvioso y camisola rezandera le han granjeado tantos seguidores, desperdicie este jugoso rédito hipotecando la dignidad. Asombra que un señor que canta el himno nacional con los ojos en blanco los cierre ante la perspectiva de empezar a remendar esta colcha de harapos. Todos sabemos que la consecución de la paz no es ni siquiera el resultado de un tratado en el sentido ontológico de la palabra. Los grupos subversivos de derecha o de izquierda son apenas las puntas de un iceberg tenebroso que navega desde que existimos como colonia o república, ante la complicidad o apatía del Estado.

Debe ser entonces infinito el odio que invade las presidenciadas vísceras de los susodichos. En el caso de Uribe, es sabido que no tolera más protagonismo que el suyo. En cuanto a Pastrana, el ego medra a expensas del sentido común y eso es infinitamente peligroso.

Sin caer en conclusiones políticas o discrepancias personales, el espectáculo que acaban de protagonizar Pastrana y Uribe es lamentable. Se asemejan a dos de esos ciudadanos a quienes la vida ha negado todo lo bueno y en consecuencia, los deslumbra cualquier fuego fatuo. Dos voluntades extenuadas ante la incongruencia. Dos enanos que de manera súbita crecieron hasta alcanzar lo que nunca debieron: el bastón de mando de un país tan necesitado de cerebros disciplinados y sobre todo de capacidad para discernir entre lo bufo y lo sensato.

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