La pasión de Jesús

Por en marzo 27, 2018
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Por Juan Francisco Muñoz Olano

El nueve de febrero de este año 2018,  Jesús Orlando Grueso, residente del Municipio de Guapi, en el Cauca, regresaba junto con Jonathan Cundumí, de una jornada de socialización del proyecto de sustitución de cultivos de uso ilícito, del Acuerdo de Paz de la Habana. Su labor social realmente no era tan diferente a la de quienes recorren tierras olvidadas por la ley y el orden, pregonando un evangelio. El de Jesús Grueso no era precisamente la palabra de Jehová. Aunque su actividad era proselitista, como lo han sido desde un inicio y lo serán por siempre todas las actividades evangelizantes, era una labor que más que prometer el cielo después de la muerte, prometía una utopía en vida. La posibilidad de llevar la paz a su comunidad, azotada por décadas de conflicto interno y luchas por el control del narcotráfico.

Su palabra no tenía la garantía de ser sagrada, ni estaba inspirada en los recientes designios de algún dios con remordimiento por haber dejado a los hombres durante tanto tiempo a su suerte. Sus palabras se basaban en las promesas de otros hombres, que se habían sentado durante cuatro años en un país lejano, que algunos incluso consideraron hechizado por los encantos del demonio, Cuba. Desde un archipiélago en la isla mayor de las Antillas, hasta los escabrosos territorios del pacífico litoral colombiano, un mensaje esperanzador llegaba. Como un nuevo berith, o pacto en palabras hebreas; como un nuevo testamentum, en palabras latinas, se había acordado y reglamentado que los lugares más olvidados de este Estado fallido que es Colombia, podrían estar en paz si se esparcían la palabra del perdón y las promesas de la justicia transicional, entre los bandos confrontados por el control de estos territorios de nadie.

Igual que el nuevo testamento cristiano, el Acuerdo de Paz de la Habana tiene cuatro títulos, como cuatro libros pareciera siempre haber tenido el evangelio que muchos creen el más viejo de la historia. E igual que los profetas bíblicos, Jesús Orlando Grueso tendría una vida con un sino trágico. El de una muerte violenta a causa de grupos armados ilegales que no soportaron ver en vida la realización de tan grande virtud, que es entregar la propia existencia a un bien supremo. No a los bienes supremos metafísicos, como el perdón del Jehová iracundo y delirante de poder que desataría el apocalipsis solo por estar celoso de quienes ya no encuentran manera de adorarlo. Tampoco, ese bien supremo de morir por ese Dios omnipresente que desata culpas y pecados en todos aquellos que se sufren como simples mortales. No, el bien supremo de Jesús Orlando fuese tal vez más humilde. El de lograr sacar adelante a su comunidad, que no eligió tener que vivir en medio de la guerra orquestada e irresponsablemente mantenida por las ambiciones económicas y políticas de muchos otros.

Tal vez Jesús pudo haber sido salvado en vida; tan solo si Jesús Orlando hubiese recibido el apoyo de esos políticos, que en el Sanedrín, en el Congreso colombiano decidieron abandonar cualquier apoyo a este nuevo evangelio por la paz, porque no daba votos. Y es que un milagro parecía ser necesario antes de su muerte, para que la sociedad colombiana, de 48 millones de personas enajenadas de todo esto, lograran ser testigos de la tragedia vivida por los líderes sociales asesinados. Pero la omnipresencia no es una cualidad, ni de los hombres, ni de los dioses. Jesús Orlando murió abaleado, junto a su compañero y su apóstol, Jonathan, por predicar pensamientos distintos, en medio de un territorio dominado por quienes solo creen en la justicia de antaño, esa del ojo por ojo, y diente por diente. Estando además, completamente olvidados por quienes creen en la justicia solo en teoría. Esa que pide todo a favor, sin ningún sacrificio.

Como plantea el judaísmo, tal vez sea cierto que el profeta está aún por llegar. Pero es que en Colombia, estos profetas de la paz ya suman 201 muertes.

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